Cinturón amarillo

Un actor no necesita entender lo que está haciendo de una forma racional y convencional, simplemente tiene que hacerlo.    Sydney  Pollack

Tenía yo 28 años cuando empecé con el Karate-Do,  y había entonces un montón de muchachos de 18 a 23 años.

 

Según la costumbre del estilo Shorinriu de Okinawa, después del calentamiento y estiramiento y los Katas, hacíamos combate cuerpo a cuerpo.

 

“El Tano” de apenas 20 (pocos años después campeón argentino)  tenía la costumbre de extralimitarse en el uso de la violencia y no “marcaba” el golpe sino que iba un poco más allá y haciendo daño.

 

Todos temíamos enfrentarnos con el  “El Tano”, y yo más que nadie. Por entonces era yo flamante cinturón amarillo (lo que es igual que nada). Un día el maestro me hizo pasar para combatir con “El Tano”. Todos me miraron lamentándose por mi suerte!!!

 

Miré al maestro con cara de “padre por qué me has abandonado?!!” y empezó la exhibición, del Tano por supuesto. “El Tano” tiraba golpes y pegaba como una ametralladora loca, y yo solo defendía y defendía como podía.

El maestro Oscar Higa, miraba y miraba sin hacer nada ni decir basta.

“El Tano”, se empezó a cebar conmigo y logró, a pesar de que yo me concentré solo en defenderme darme un par de buenas hostias. Yo lloraba por dentro de bronca más que de dolor y buscaba todo el tiempo con la mirada al maestro para que parara aquella carnicería.

De repente el maestro me sonrió, y sin saber porqué ni cómo, como un rayo saqué un mae geri impecable (patada) en los huevos del “Tano” que nunca olvidaré. El tampoco.

Cayó redondo protestando al maestro con su mirada por mi acción antideportiva. Higa, dio por finalizado el combate y nos saludamos gentilmente. La clase como si nada.

Nunca más me hizo pelear con “el Tano”.

Nunca hablé del tema ni con el maestro Higa ni con “el Tano”.

Saludé al Tano el día que ganó el campeonato y lo abracé con más miedo y culpa que alegría.

Al tiempo me di cuenta lo que el maestro había querido hacer con “el Tano”. Hizo que el más vulnerable de sus discípulos lo venciera, usando su propia medicina. Eso es el aquí y ahora. Reglas, temor y demás; y de pronto un permiso que viene no sabemos de dónde y nos transformamos en otra cosa, que entusiasma y sorprende.

¡¡¡Cine Puro!!!

En un rodaje puede incluso qué “nuestros pies” no nos los de nadie, y que se graben solo nuestros textos y luego se editen. Todo eso es posible y no está mal que sea así. El cine es un lenguaje genuino y tiene sus propios modos de producción. Que esto se pueda hacer mejor de otra manera es una falsa creencia que debemos modificar si queremos mejorar.

En el teatro necesitamos que el actor esté presente, por eso lo está. El cine es otro lenguaje y no necesita que estén juntos, por eso es que no están. Simplemente porque no se necesita! Por otra parte toda esa familiaridad que puede que extrañes en el cine, no es ni buena ni mala.

Hay que distinguir la dirección que produce comportamientos y la dirección que produce entendimiento; esta última es completamente inútil. Lo que te impulsa a hacer algo es lo que quieres, no lo que piensas

Sydney Pollack

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